sábado, 14 de septiembre de 2019

En busca de la felicidad




A René Favaloro, que de cuestiones del corazón sabía bastante

            No se trata de la conmovedora película protagonizada por Will Smith y su hijo Jaden, sino de la filosofía de vida de Ricardo Esteban Dellarosa, que después de haber sufrido un duro golpe, tomó la decisión de darle un giro de 360 grados a su vida y volver a empezar.
Por entonces Esteban, como lo llamaban, tenía treinta y dos años y todos y cada unos de los días de su existencia, los pasó en la ciudad de La Plata, una ciudad donde la pasión por el fútbol alcanza límites insospechados. Esteban, como el resto de su familia, era un fanático hincha de Gimnasia y Esgrima. A temprana edad eligió con determinación ser del Lobo e inflaba el pecho con orgullo antes de responder cada vez que alguien le preguntaba de qué equipo era. Tan fanático era por entonces que una tarde de verano, con su padre consiguieron una lata de pintura azul y le pintaron una franja horizontal, que daba toda la vuelta al tanque de reserva situado en la terraza.
Así fue creciendo, con ese sentimiento tan particular que es ser seguidor de Gimnasia y habiendo padecido en su adolescencia el primero de sus sufrimientos, de una vida que tuvo más aflicciones que alegrías, cuando en el 79 después de disputar un cuadrangular en el que descendían tres equipos se fueron a la B junto a Chacarita y Atlanta. El único que se salvó fue Platense. La estadía en la segunda categoría fue larga y recién en el 84, cuando vencieron a Racing en dos finales para el infarto, volvieron a saborear el aire puro y cristalino de la primera división. Para colmo, para acrecentar el dolor y las burlas, varios de sus amigos, como la otra mitad de la ciudad, andaban de parabienes con el Metro y el Nacional que conquistó Estudiantes cuando ellos transitaban las grises tardes del ascenso.
Con los años, más allá de algún que otro clásico ganado, como aquel con el recordado gol de Perdomo que hizo trepidar la tierra, “Los Triperos” no tuvieron muchos momentos de felicidad sin límites. Hasta que llegó el maestro Carlos Timoteo Griguol y la cosa empezó a tomar otro cariz. De la mano de los mellizos Barros Schelotto, con Noce en el arco, con Sanguinetti, Morant y Dopazo entre otros, El Lobo se hizo protagonista del Clausura 95 y todo hacía suponer que por fin, después de tantos años de espera, de tantas malas campañas y de ver como los demás equipos se llevaban los campeonatos, Gimnasia por primera vez en su historia centenaria iba a gritar campeón.
Todo andaba más o menos bien, hasta que aconteció aquel hecho trágico que hiciera tocar fondo y conocer el abismo a Los Triperos y que, paradójicamente, fuera el inicio de una nueva etapa en la vida de Ricardo Esteban. La fecha exacta en que llegara al límite del sufrimiento y la desolación, de la tristeza y el desconsuelo, fue una fría tarde de un domingo 25 de junio de 1995. Fecha que para la totalidad de los mortales pasó desapercibida. Sin embargo para él, como para miles más, fue la más terrible.
Repasemos: Aquella vez “El Lobo” estaba a un paso de salir campeón por primera vez en la era profesional. No importaba lo que pasara en Rosario entre Central y San Lorenzo, porque si Gimnasia le ganaba a Independiente se quedaba con el campeonato y sus hinchas en un estado de felicidad absoluta que no se disolvería jamás. Ese atardecer en el estadio del bosque “Juan Carmelo Zerillo” estaba todo preparado para que el pueblo tripero desatara la fiesta y traspasara los límites del éxtasis y la locura. Pero el diablo metió la cola porque a tan sólo un minuto de que se terminara la primera etapa, Javier Mazzoni de los rojos la mandó a guardar adentro del arco. Las tribunas se sumieron en un silencio sepulcral y al final del encuentro, mientras en Rosario los de San Lorenzo festejaban el campeonato porque le ganaron a Central, el desánimo y la desolación se adueñaron de todo el pueblo tripero que increíblemente se quedó con las manos vacías y el corazón henchido de congoja. La mitad de La Plata lloró desconsoladamente esa fría noche de invierno que quedó para siempre entre las más aciagas mientras, lógicamente, la mitad rojiblanca celebraba la desdicha ajena.
Al salir del estadio junto a su familia, sus amigos y dos de sus primos, Lalo y Alejandro, Esteban se apartó del grupo y después de un largo caminar por las calles desoladas, con la sola compañía de la luna, se sentó en el desvencijado banco de una plaza desértica. Con la bandera enrollada en sus hombros y el gorrito tipo Capitán Piluso, con el estampado de un lobito que también lloraba, dejó que su cuerpo y su alma se dejaran caer abatidos por la desgracia. Sólo se incorporó para ir hasta el quiosco de enfrente y comprar una botella de vino cualquiera. Se ahogó de pena con el alcohol mientras a través de sus ojos contemplaba la luna sangrante de tristeza recortarse en el cielo oscuro.
 Se emborrachó, se le deshizo el corazón de tanto llorar, de tanto dolor y cuando retornó a su hogar había derramado todas las lágrimas que pueda verter un ser humano. Se recostó en su cama queriendo que el mundo dejara de existir en ese preciso instante, porque nadie era capaz de soportar tanto dolor, tanta angustia. Se preguntaba por qué una y otra vez en la calma de la habitación y por momentos intuía que todo era una pesadilla de la que no despertaría jamás.
            Entrada la madrugada comprendió que ese era el punto máximo.
—Hasta acá llegó mi amor por el fútbol. — Se dijo y decidió tomar una decisión que, sin proponérselo, lo llevaría a una nueva vida.
—Chau Lobo. Hasta siempre.
            Transcurrió la mañana del lunes y cuando al levantarse se miró en el espejo del baño le costó reconocerse. Los ojos y los párpados se le habían inflamado como nunca. Le dolía la cabeza y un nudo en la boca del estomago y otro en la garganta no lo dejaban respirar.
            Apretó los puños y de sus labios sólo salió una palabra. Una palabra que colocó un punto final y cerraba un capítulo de su vida, de una vez y para siempre.
            —Basta — Murmuró con lo que le quedaba de voz ante la imagen distorsionada del espejo. Después de unos segundos agregó: —Tengo que buscar la forma de ser feliz. Tiene que haber una manera de lograr la felicidad, donde el sufrimiento no tenga cabida.
Fue el comienzo de una nueva etapa, una etapa que gracias a la desgracia, lo llevaría a recorrer el mundo, a dar charlas y conferencias y convertirse en uno de los líderes espirituales más importantes y respetados del planeta. Un líder natural que supo trasmitir de manera práctica y sencilla, con conceptos claros y precisos, sus conocimientos para ayudar a las personas a vivir mejor.
A partir de aquel momento, su vida comenzó a tomar un nuevo rumbo. Empezó a ir con más frecuencia a bibliotecas y se anotó en Psicología, una carrera que le abrió la mente y lo ayudó a comprender muchas cosas de la condición humana. Se volvió un lector infatigable, un investigador de las relaciones interpersonales. Observaba a sus amigos y a la gente en particular y armaba tesis, que años más tarde se convirtieron en material de consulta de diversas carreras de Humanística. El tiempo fue poniendo las cosas en su lugar y un buen día, ya con el título de licenciado en Psicología bajo el brazo, comenzó a explorar otro mundo, un mundo tan fascinante como lo era el del alma humana.
Abandonó el arreglo de lavarropas y heladeras, profesión que ejercía desde los veinte años cuando empezó a trabajar como ayudante de don Tulio y pasó a tener como único sustento, primero la ayuda de sus padres y luego sus ingresos por las conferencias y seminarios que brindaba.
Se convirtió en un estudioso de las religiones y su influencia sobre las mentes de los seres humanos. Investigó en profundidad tanto al Budismo como al Catolicismo; el Judaísmo y el Cristianismo y hasta la magia negra y la magia blanca. Se interiorizó sobre distintos factores que influyeron y modificaron las relaciones entre los seres vivos y de cómo y para qué el hombre está hecho interiormente. Su única meta era alcanzar la felicidad absoluta y de a poco, casi sin darse cuenta lo estaba logrando. Se dio cuenta que con su experiencia podía ayudar a otros y se propuso ampliar sus conocimientos y viajar para ver de cerca los lugares más sagrados de la historia. Desde La Meca y Jerusalén hasta diversos templos y catedrales. Elvira, su madre, Juan Alberto, su padre y Silvia, su hermana menor, primero se sorprendieron de sus cambios, pero luego, al ver los avances y sus deseos, lo estimularon a proseguir. Así lo hizo, siempre con una luz al final del camino que lo guiaba hacia la búsqueda permanente de la felicidad.
A mediados del 2005 viajó a la India donde tuvo el enorme placer de conocer en persona a Sathya Sai Baba y tiempo después se encontró con Wayne Dyer, en un viaje relámpago que hizo a Estados Unidos. Se interesó por la literatura los grandes autores como Deepak Chopra, Paulo Coelho, Desmond Tutu y hasta la de Gandhi, Mandela y el Dalai Lama. Su afán por querer saber más y conocer la mente y el alma humana lo llevó a interesarse por la Neurociencia afectiva, la Inteligencia emocional y diversos aspectos socioeconómicos. La capacidad del hombre para resolver sus conflictos solían ser ejes de debates en sus seminarios. Explicaba que todo problema tiene una hermana gemela llamada solución. Si un problema no tiene solución, deja de ser un problema. De ahí como el hombre enfoque sus “problemas”.
Sin darse cuenta Dellarosa logró un estado de satisfacción suprema. Su personalidad cambió para siempre, había empezado a recorrer un camino donde invitaba a otros a sumarse para conocer desde adentro el bienestar y adquirir sabiduría. Un camino donde no existía el miedo, las ataduras, las enfermedades emocionales, ni los malos recuerdos. Siempre señalaba con una sonrisa sincera: “La felicidad no es una estación. Es un modo de viajar”.
Se hizo conocido y comenzó a dar congresos y conferencias sobre la felicidad. No con fines netamente lucrativos sino por el simple hecho de ayudar a la gente a vivir mejor, a vencer sus penas y sus miedos, a cambiar las actitudes negativas por positivas y ver la vida desde otra perspectiva. Como a muchos de los que se dedicaban a lo mismo que él, aunque por otros caminos, era inevitable que en los tiempos en que la tecnología hace que todo se conozca y permita una comunicación fluida, comenzara a tener cientos de seguidores en Twitter  y un montón de páginas y grupos en Facebook. Era gente de todo el mundo que le pedía consejos, que le dejaba sugerencias o le planteaba temas tratando de hacerle pisar el palito, porque lógicamente, muchos sospechaban que no era más que un charlatán de feria. Él por supuesto sabía de esto, pero escuchaba y trataba de responder respetuosamente a todos.
La meditación, el ayuno y la alimentación; la relación del hombre con el universo y sus semejantes, así como la importancia de la respiración, del descanso y las reacciones psicofisiológica eran sólo alguno de los temas que exponía en sus conferencias y sobre los que posteaba en las redes sociales. Nunca confrontó, siempre trató de aportar, de opinar, de dar su parecer, pero jamás desestimó ninguna opinión ni refutó ningún concepto que se contradijera a los suyos, porque explicaba que el entendimiento y el respeto con el otro eran factores claves en la búsqueda del bienestar.
Los años terminaron de acrecentar su calvicie y era normal verlo siempre con una sonrisa en su rostro de tez cetrina y cejas imperceptibles. Otros de sus secretos era que se alimentaba sólo de lo que su cuerpo necesitaba. “Comer para vivir y no vivir para comer”, comentaba entre los suyos. “La comida es energía y de ella dependemos”. Por lo general usaba unos sencillos mocasines de cuero, un pantalón de vestir y una camisa clarita de tela liviana. No llevaba adornos de ningún tipo ni cadenas ni anillos. La luz que irradiaba de su ser hacía que su figura pareciera más grande de lo que en realidad era, ya que era contextura delgada y andaría cerca del metro setenta. Solía vérselo con la misma energía tanto a las cinco de la mañana en pleno invierno como a las cuatro de la tarde bajo un calor sofocante. “El hombre es un animal de costumbre”, afirmaba.
Por supuesto que no todo era color de rosa en su vida, ya que a este tipo de personas le aparecen detractores y por eso estaban quienes le decían despectivamente “Andá a laburar vago”, “Dejá de currar”, pero él nunca se desanimó. “Lo que no me mata, me fortalece”. Manifestaba citando a Friedrich Nietzsche.
De los monjes budistas aprendió el arte de la meditación y por eso Nepal fue, quizás, uno los lugares más importantes que visitó. Allí conoció a Matthieu Ricard, el monje budista francés y nepalés considerado “El hombre más feliz del planeta”. De él aprendió a neutralizar las emociones y que éstas no invadan negativamente el pensamiento. Por las mañanas, cuando el alba comenzaba a despuntar sobre el horizonte, él se levantaba y luego de beber agua del manantial se sentaba sobre la tierra humedecida a meditar por horas y hasta por días. Por eso ese país asiático y esos lugares escondidos sobre la faz de la tierra se convirtieron en escala obligada para él cuando salía de viaje por el mundo a brindar sus conocimientos. Lo mismo se lo podía ver parado de espalda a un pizarrón, dando una charla a estudiantes en una escuela rural, hasta sentado a la cabecera de una imponente sala de reuniones de gerentes y directivos de empresas multinacionales que lo citaban para dar disertaciones sobre liderazgo.
Demás está aclarar que el fútbol no tenía ningún tipo de incidencia en su vida, que sólo formaba parte de sus recuerdos. Trababa de explicar que esa actividad, era un deporte donde la complacencia no consistía en ganar sino en hacer que el otro perdiera. Que el fanatismo, las agresiones, las trampas y los embustes, llevaron al fútbol a perder su esencia y que por añadidura llevara a la confusión del alma y se desviara el camino hacia la búsqueda de la felicidad. Quién mejor que él para hablar con conocimiento de causa de lo que podía generar en una persona un resultado adverso. Cuando quiso exponer esto en Brasil y dio a entender que las personas no deberían darle importancia al fútbol, casi lo linchan. Pero él decía, que la decisión de ser feliz está en cada uno. Es un libre albedrío, porque el hombre es artífice de su destino. Nadie es el dueño de la verdad absoluta y se aprende de todos. Nos nutrimos de la naturaleza y sus leyes y está en cada uno tomarlas o dejarlas.
Su reconocimiento a nivel mundial hicieron que en una ocasión un grupo de científicos yanquis se enteraran de su existencia y comenzaron a interesarse en su filosofía de vida. Hasta que le propusieron hacer un estudio de sus emociones y del funcionamiento de su cerebro para dar pruebas científicas sobre la felicidad. Aceptó la propuesta con gusto y durante varias sesiones se sometió a mapeos cerebrales, a tomografías y a todo tipo de análisis sobre su cuerpo.
Efectivamente, la ciencia pudo comprobar que su cerebro logró desarrollar una capacidad superior a la del resto de los mortales y que en ninguna de sus áreas se pudieron hallar vestigios de sentimientos tales como el odio, la envidia, el rencor y la angustia, por citar sólo algunos. También llamó la atención su alto grado de bienestar y paz interior.
Ese fue el trampolín a la fama. Fue tapa de las principales revistas del mundo, salieron artículos en “Times” y la BBC lo entrevistó en un par de ocasiones. Su nombre comenzó a estar entre los grandes lideres espirituales del mundo, menos en la Argentina porque después de todo, nadie es profeta en su tierra.
Fue necesario aquel nefasto episodio de 1995 para que entendiera que así no podía seguir viviendo y que debía darle un cambio a su vida. Por supuesto jamás se imaginó que, años después, su vida se desarrollaría de esa manera. Escribió libros y dio conferencias brindando su experiencia a quien quisiera escucharlo. Algunos lo llamaban “Maestro”, “Profesor”, “Gurú” y hasta “Mesias” por supuesto no faltaron los que le endilgaran “Ladri”, “Chanta” o “Profesor Currandi”. Nada lo afectaba y de todos aprendía e incorporaba algo. Desde las vivencias de la gente común y el Movimiento osho hasta Ravi Shankar y los conceptos de los grandes filósofos como Kant,  Platon o  Spinoza. Todo leía y todo incorporaba.
Por supuesto, estaban a la orden del día los que se burlaban de él y por eso aparecieron Hashtag como #dejaderascartelasbolas, #ricardovagoneta o #sanataparatodos y mensajes como “Votale a Macri y después me contás”, “Vení a escuchar la cadena nacional de Cristina así te amargás un poco”. Por supuesto que no dramatizaba y no desviaba su camino por más que unos pocos trataran de desanimarlo. Porque la búsqueda de la felicidad también consistía en apartarse de las malas energías y pensamientos negativos, la clave era la neutralización interior.
El martes 28 de mayo del 2013, casi dieciocho años después de que su vida cambiara para siempre y por esas cosas del destino, Ricardo Esteban se hallaba en Praga donde, días anteriores, brindó dos charlas en un auditorio repleto. Su voz serena, su prédica simple y esperanzadora junto a su carisma, hicieron que los presentes se retiraran más que agradecidos del recinto y más de uno, aunque con timidez, le pidió sacarse una selfie con el celular. Esa noche estaba alojado en la habitación 315 de un cálido hotel con una vista privilegiada de la ciudad. Poco más de dos meses antes se había entremezclado entre miles en la Plaza San Pedro cuando Jorge Bergoglio se transformó para siempre en el Papa Francisco.
Durante el transcurso de la tarde se acordó de la Argentina, no porque se lo hubiera propuesto, sino por algo que vio a la mañana en el centro comercial. Era una imagen que se daba con frecuencia en otras partes del mundo. Había visto a un chico, de edad adolescente, vestido con una camiseta celeste y blanca, el número 10 en la espalda y una palabra de sólo cinco letras, que le servían a un argentino como carta de presentación en cualquier parte del universo: “Messi”.
Esa noche, en la habitación placentera, comenzó a pensar nuevamente en su país y fue por eso que encendió su Lapton, donde lo aguardaba un ensayo a medio terminar, y se conectó a Internet con el Wi Fi del hotel. Leyó los principales portales de los diarios argentinos y en todos había una noticia que se repetía. Palabras más, palabras menos mencionaban el posible regreso de Gimnasia de La Plata a la primera división, si esa tarde le ganaba a Instituto en Córdoba.
Ricardo sonrió tiernamente. Pensar que por El Lobo, en ese momento él se encontraba en Praga. Tan atrás y superada quedó esa etapa en su vida, que nunca se enteró que hacía dos años que Gimnasia estaba en la B. Cuando cayó en la cuenta de que eran cerca de las 16.00, hora de inicio del partido, lo ganó la curiosidad y buscó la página de la televisión pública. El programa “Fútbol para todos” trasmitía los momentos previos y vaya uno a saber por qué motivo, se le empezaron a cruzar por la mente imágenes difusas. Cuando salieron los jugadores al campo de juego, sintió un leve escozor al ver el mar de banderas azules y blancas que flameaban en la cabecera del estadio “Mario Kempes”. Pero en lugar de relajarse y meditar como lo hacía cuando por algún motivo su mente se desviaba, aunque fuese por segundos, de su filosofía de vida, se quitó los zapatos y se recostó en la amplia cama, con la espalda contra el respaldar y la Lapton sobre sus rodillas. Demás está decir que no conocía a ninguno de los jugadores. Al único que reconoció fue al entrenador Pedro Troglio, que jugó en la selección de Bilardo.
Eran las 21 en la capital europea cuando el árbitro Pedro Argañaraz, hizo sonar su silbato y el juego se puso en marcha. Inconscientemente, comenzó a recordar sus viejos tiempos como hincha tripero, los viajes al interior, la cerveza con los pibes antes de entrar a la cancha, los clásicos con Estudiantes y esa extraña sensación que se siente al alentar en la tribuna con lluvia o con sol, de local o visitante, en las buenas y en las malas. Volvió a sonreír porque esas cosas eran parte de su pasado, de su vida anterior, de antes de la “Transformación”, como le gustaba decir, pero de aquello también aprendió. De todas las experiencias el ser humano debía tomar lo mejor, porque en todo lo bueno hay algo malo y viceversa y todo lo que pasa por algo es. “Si sucede conviene”.
El sonido con los cánticos de la hinchada le llegaba nítido y era como una dulce melodía que se filtraba por sus oídos. Veía flamear las banderas y recordaba cada uno de esos lugares impresos en las telas, esos lugares que formaron parte de su geografía allá lejos y hace tiempo. Gonnet, Berisso, Tolosa, Olmos, Villa Elisa, City Bell o Ensenada. A la mente acudieron los momentos que pasó arriba del para avalanchas con una mano alentando y con la otra aferrado al trapo para no caerse.
Cuántas cosas hizo y cuántas dejó de hacer por El Lobo. Cómo y cuándo fue que Gimnasia pasó a ser tan importante como la vida misma. Cómo era posible que el ser humano fuese capaz de llorar desconsoladamente por la suerte de un equipo de fútbol. Cómo fue posible aquella respuesta a su novia cuando ella, cansada de no verse los domingos, se le plantó y le dijo: Gimnasia o yo. Dónde estaba ese sentimiento inexplicable que le hacía erizar la piel cuando alentaba a Gimnasia. ¿Había muerto? ¿Estaba olvidado? ¿Desterrado? Todas esas preguntas se hacía mientras el primer tiempo se iba, hasta que faltando ocho minutos, Barsottini envió un centro preciso desde la derecha para que Facundo Pereyra, casi sin elevarse, de un cabezazo mandara a la pelota a rebotar contra la red y hacer que esos miles de hinchas desataran el grito de gol contenido en las gargantas.
Esteban se incorporó de la cama como si le hubieran tocado un nervio. Fue una reacción corta y espontánea. Se sorprendió de haber sentido esa especie de descarga eléctrica, algo que jamás le ocurría gracias al trabajo interno que realizaba en cuestión de segundos. El método consistía básicamente en neutralizar las emociones y respirar adecuadamente. Con su práctica del ascetismo consiguió una purificación del espíritu apartándose de los placeres materiales y las tentaciones y con otras doctrinas fue perfeccionando sus propios métodos.
En el entretiempo tuvo el presentimiento de que su corazón empezaba a jugarle una mala pasada, como si una fuerza adormecida por años dentro suyo, comenzaba a despertase lentamente sacudiéndose el polvo de la nostalgia y el olvido.
—Gimnasia… — Se dijo en voz baja. Entrecerró los párpados y hasta le pareció percibir un leve temblor que le nacía desde las plantas de los pies mientras en sus oídos resonaba el aliento incondicional de esa hinchada fiel y seguidora.
Cuando abrió los ojos se pasó el dorso de la mano por las mejillas para secarse unas extrañas lágrimas. Al iniciarse la segunda etapa, apretó los puños con fuerza y casi en un murmullo dijo: “Vamos, Lobo carajo”. Totalmente desconcertado por las palabras que salieron de su boca sin proponérselo, se dejó caer sobre el acolchado, mientras a través del monitor le llegaba el relato apasionado de “El Bambino” Pons con los comentarios de Damián Trillini. Se preguntaba qué le estaba pasando. Dónde había quedado su capacidad de abstraerse de las emociones y los recuerdos. Qué pensarían de él los científicos que lo estudiaron si estuvieran viendo su comportamiento ante un partido de fútbol.
Entonces comprendió que el idilio con la camiseta jamás muere y que dentro del camino que representa la búsqueda de la felicidad, no puede dejar de estar el amor por el club que es parte de uno. Porque ese sentimiento cuando nace, comienza a filtrarse por los poros de la piel y hecha raíces que se expanden desde el centro del alma hacia cada una de las venas y cuando eso germina, no existe la manera de extirparlo, de sacárselo de encima, porque sería como querer quitarse la sangre y tapar los poros de la piel y ya se sabe qué puede llegar a pasar si eso sucede.
El cotejo transitaba sus últimos momentos y el Lobo retornaba al sitio que le correspondía. Ricardo Esteban Dellarosa, se incorporó de la cama, se calzó los zapatos nuevamente y se acomodó la camisa dentro del pantalón. Observó a su alrededor y comenzó a recorrer el ambiente con sus ojos color café. Hasta que en un momento encontró lo que deseaba. Agarró un toallón blanco y acto seguido le sacó la funda azul oscura a la almohada. Ató las dos telas por los extremos y justo en ese momento Franco Mussis, tras un tiro libre a favor, envió el esférico al punto de penal. Oliver Benítez, lo cabeceó casi de atropellada e hizo que volviera a acariciar la red y que esos miles que se dieron cita en el estadio, cantaran y saltaran por el tan ansiado regreso.
Y mientras los jugadores festejaban con lágrimas en los ojos el ascenso de cara a los rostros de felicidad de la gente como los cientos y cientos que estaban en el bosque, Esteban, sin tener plena consciencia de sus actos, comenzó a agitar el toallón y la funda en el aire silencioso de la habitación. Después abrió la ventana e hizo lo mismo contemplando la ciudad, sacando medio cuerpo afuera y cantando como los que estaban en Córdoba. Sin pensarlo dos veces salió de la habitación y bajó por la escalera hasta el hall de entrada, el conserje lo miró sorprendido y lo vio alejarse rápidamente. Comenzó a correr por la calle sin dejar de agitar la funda y el toallón.
Así llegó hasta el puente Carlos, el más viejo de Praga, y fue avanzando sobre el pavimento, mientras los conductores de los vehículos trataban de esquivar a ese loco que a las once de la noche agitaba un trapo y vociferaba palabras inentendibles en un estado de alegría suprema. Después se paró apoyándose en la baranda de contención del rio Moldava, en cuyas aguas destellaban las luces de la ciudad. Con el corazón estallándole de júbilo, en un estado de goce absoluto vio por el rabillo de sus ojos a dos uniformados que se acercaban hacia él a pasos agigantados. Fue en ese preciso instante cuando comprendió que ser de Gimnasia va mucho más allá de un resultado o de un partido. Porque importa tres carajo no salir campeón o irse a la B. Ser Tripero es un sentimiento que se lleva de por vida en el corazón.
Observó a los policías que estaban frente a él y con la improvisada bandera se secó las lágrimas. Lo embriagaba la emoción porque en esa ardua y apasionante búsqueda de la felicidad, comprendió que después de ver al Lobo otra vez en primera, ya no le quedaba nada por descubrir.


Este cuento pertenece al libro “Botines de papel” de Tahiel Ediciones (2017)
Rodrigo Gaite. Escritor y periodista deportivo.

domingo, 9 de junio de 2019

Las aventuras de Daniel B.

   Todo empezó con un aviso ofreciendo un empleo, “una oportunidad sensacional”, para un protagonista narrador que lo toma. El patrón, Daniel, dotado de una suficiencia y pedantería, arregla cañerías, piletas, de todo un poco en los consorcios. Con prosa distendida, Rodrigo Gaite deslinda temas sociopolíticos, escindiendo antinomias como oligarcas versus aluvión zoológico. “Son años pibe, tanta noche, tanta calle” le enrostra Daniel a su cada vez más sorprendido empleado, arquetipo porteño que se las sabe todas. Las aventuras de Daniel B. despliegan ironías, chistes, humor, cierto cinismo,  ingredientes que van aderezando al acontecer de la novela con gracia.
   Otro de los logros de nuestro autor es la colocación oportuna de las voces, con diálogos que reproducen el habla popular. Al tiempo el empleado se da cuenta que se trataba de un empleo “para reflexionar”. La trama se va desarrollando en capítulos por las calles Sarmiento, Juncal, Olazábal, con vicisitudes como  no encontrar llaves, herramientas, con malos entendidos a diario, más desventuras que nada. Asociaciones con Sherlock Holmes, una frustrada foto con Phil Collins, un encuentro con la señora Mercedes Martínez Alcorta de Azcuénaga de Rosas—que al fin se hará llamar simplemente Mecha—serán ocasionales clientes de administradores de consorcios y víctimas de Daniel. Un episodio álgido será el tropiezo con un comisario descendiente de griegos. Y así, la frase “son años pibe”  tendrá una respuesta del empleado-narrador con dulce sabor a venganza.
    Celebremos este nuevo libro de Rodrigo Gaite, de sólida textura y con un escenario cotidiano reconocible, poniendo al descubierto recovecos que traducen la condición humana.
                                                                                                             SEBASTIÁN JORGI

sábado, 25 de mayo de 2019

Batistuta


    Bien sabían los arqueros de cualquier equipo lo que les esperaba si un pelotazo de Batistuta les daba en el cuerpo. Como también lo supieron las redes de los arcos de casi todo el mundo, porque Bati hizo goles en todos lados, de todas las formas y para todos los gustos. 
    Hasta que lo superó Lionel Messi, fue el máximo goleador de la historia de la selección argentina. 
   El día que se retiró las redes tuvieron sentimientos encontrados. Sabían que lo iban a extrañar, pero por otro lado respiraron aliviadas. A los arqueros les pasó lo mismo.


domingo, 12 de mayo de 2019

Yo no lo vi atajar a Roma





            La infancia suele ser un territorio perfecto, descontaminado, en donde el tiempo no avanza y un manto de inocencia nos envuelve a cada paso. Donde nos atrevemos a cruzar fronteras y pintar ilusiones en un cielo que los grandes no pueden apreciar.
Y fue durante esa etapa en la que yo me la pasaba afirmando que Navarro Montoya era el mejor arquero de Boca. Inmediatamente a mi mente acude la sonrisa de mi viejo rebatiéndome tiernamente.
—Vos porque no lo viste atajar al Tano Roma.
Claro, por entonces y salvo la última etapa de Gatti, yo no había tenido la posibilidad de ver a otros arqueros, pero desde su primer partido en Boca, cuando debutó contra River en el Monumental, el día que ganamos 2 a 0, nunca me ponía colorado en afirmar que Carlos Fernando Navarro Montoya, además de ser mi ídolo, era el mejor de todos y en ese sentido con mis amigos estábamos bastante de acuerdo, ya que la mayoría eran de Boca. Había alguno que otro de River o de Independiente, pero casi todo éramos de la azul y oro. Con mi viejo Boca siempre fue el nexo que nos mantuvo unidos y por eso cuando él, en cada espacio que el tiempo nos regalaba, me contaba de la imponente presencia de Roma en el arco, del temple de Rattín, de la elegancia de Marzolini, de los goles de Valentim a River o de la cintura endiablada de Rojitas, yo lo escuchaba con atención y hasta me daba la sensación de estar viéndolos a través de su relato.                             
—¿Sabes lo que jugaba Rojitas? Me decía y no se cansaba de repetirlo.
Esas charlas, esos momentos tan especiales, por lo general se daban los domingos a la tarde mientras escuchábamos en la portátil a pilas los partidos. Y él, sabiendo de mi idolatría por Navarro Montoya me dijo que si lo deseaba con todo mí ser, alguna vez lo iba a conocer. Desde entonces no pasó un solo día en que no anhelara estar frente a él y comprobar que ese ser casi mitológico para mí, era de carne y hueso.
Y no sé si fue porque de veras lo deseé tanto o porque que fue idea de mi viejo, pero un día de enero, en pleno verano, cuando mi viejo ya no iba a trabajar a la empresa porque que estaba de vacaciones, me comentó unas palabras que casi me dejan sin habla.
—Mañana vamos al entrenamiento en La Candela. ¿Qué te parece?
No pude contestarle lo que me parecía porque la alegría se adueñó de mí. Lo único que sabía era que La Candela quedaba en San Justo, pero no tenía una real dimensión de lo que significaba ese lugar para el mundo Xeneize, un lugar tan alejado en la geografía de la mítica Bombonera. Él supo que el equipo estaba haciendo la pretemporada allí porque lo leyó en Crónica, siempre le gusta bien entrada la mañana, sentarse a la mesa en la cocina y leer tranquilamente el diario mientras tomaba un café y después, a pesar de la hora, encendía el primero de sus Jockey Club Suaves Cortos. Aún hoy me parece divisar su rostro entre el humo del cigarrillo y el aroma del café.
Yo por supuesto, con la edad que tenía no sabía ni de casualidad cómo íbamos a llegar al lugar, pero confiaba en que mi viejo sí supiera como hacerlo. Él que había viajado tanto en colectivo seguro que iba a saber llegar.
Esa noche no pude dormir. No dejaba de imaginar el momento en que iba a estar viendo de cerca a los jugadores que escuchaba en las trasmisiones radiales o tenía pegados en la pared de mi habitación. Me mataba la ansiedad y repasaba mentalmente las jugadas que veía en Futbol de primera o los comentarios que leía en El Gráfico después de cada partido. Tenía fresco en mi memoria el momento exacto en que Navarro Montoya voló hacia su izquierda y le atajó el penal a Artime en la Supercopa. Esa no fue una atajada más. Fue el primer campeonato que pude festejar como hincha y que quedaría para siempre guardado dentro mío. Después, de tanto recrear imágenes de jugadas y partidos, me venció el sueño.
Al otro día cuando desperté, el sol de la mañana se filtraba por la ventana y después de desayunar, partimos rumbo a La Candela, yo por supuesto, llevaba puesta la camiseta con la publicidad de “FIAT”. Mi papá en cambio iba con un suéter color piel y los zapatos marrones de todos los días. No sé cuáles fueron los colectivos que tomamos, pero sí que fueron dos a la ida y dos a la vuelta y que el itinerario duró una eternidad. Cuando llegamos a San Justo, nos bajamos en Camino de Cintura y desde la parada hubo que caminar un montón hasta la entrada del predio.
Nunca supe si nos dejaron pasar porque se podía o porque los que estaban en la puerta en ese momento estaban hablando con los pocos periodistas que habían arribado y nosotros pasamos por al lado sin que nos vieran. No eran más que siete u ocho los periodistas que estaban allí, pero lo que sí había era un nutrido grupo de personas que se acercó a ver el entrenamiento. Cruzamos el espacio verde que separaba la entrada de la edificación de ladrillos con techos de tejas a dos aguas donde concentraban el plantel y nos paramos detrás del alambrado de la cancha a la espera de que fueran saliendo los jugadores, hasta que de un momento a otro empezaron a aparecer.
Los primeros que llegaron fueron Hrabina y Stafuza. Atrás venían caminando y charlando entre ellos Musladini, Soñora y Giunta. En un determinado momento, en una fracción de segundos estancados en el aire, sentí que se me caía el alma a los pies. Ahí venía, distendido y a paso lento, “El Mono”, con la ropa azul de entrenamiento, un par de guantes blancos debajo de la axila y la melena a la altura de los hombros. Con él estaba Marangoni que no sé qué le decía. Me acerqué casi con timidez y cuando iba a extender mi mano en la que tenía un papel y una lapicera, otro chico me copó la parada, ni bien se fue aproveché la oportunidad, pero no pude articular palabras. El Mono agarró el papel y estampó su firma. Me entregó ambas cosas sonriendo y se fue a juntar con el resto. Tras el fueron pasando Latorre, Perazzo, Simón y el resto de los jugadores a los que la gente, al igual que al Mono, también les pedían autógrafos y yo también. Algunos se sacaban fotos, pero yo no pude porque nosotros no teníamos cámara fotográfica.
El técnico Aimar ya estaba en la mitad de cancha e iba a dar comienzo a la práctica. Nos quedamos a ver todo el entrenamiento, yo agarrado de los rombos del alambrado y dando crédito de que el Mono era un fenómeno. No le pudieron hacer un gol en todo el entrenamiento y eso que lo pelotearon de lo lindo. Volaba con una elasticidad increíble y tapaba los remates con cualquier parte del cuerpo. Más de una vez la pelota cayó cerca de donde estábamos nosotros y él se acercó a buscarla. La agarraba con la mano, la dejaba caer y le daba con el empeine para devolverla a la mitad de cancha. Cuando nos fuimos, recorrimos un poco la zona de los quinchos, pero yo seguía en un estado de ensoñación y no sé si era por el calor, o por la emoción o por las dos cosas juntas, que sentía que estaba viviendo un sueño.
El trayecto de regreso en el colectivo lo rememoro como imágenes dispersas y no tengo noción del tiempo transcurrido. Sólo recuerdo que ni bien subí busqué rápidamente un asiente para sentarme mientras el colectivero cortaba los boletos y le daba el cambio a mi papá. Entretanto yo no dejaba de mirar el papel que tenía como trofeo entre mis manos. Mi viejo que estaba sentado al lado mío, me comentaba algunas cosas, pero yo casi no lo escuchaba. Llegamos a casa pasado el mediodía y durante el resto de la tarde me dediqué a contarle a mis amigos lo que había vivido y todos se pusieron contentos de verme feliz. Me preguntaban una y otro vez si los jugadores eran como se ven en la tele y yo les contestaba que sí.
Es increíble que después de tantos años, este recuerdo siga anclado en mí como uno de los más sentidos. Quizás sea porque formó parte de una etapa llena de candor, una etapa en la que Boca me llevaba de la mano de mi viejo en un camino seguro, sin espinas, un camino en el que sólo había felicidad. Hay aromas y sonidos que siguen aferrado en mí, como escuchar los partidos por radio o de vez en cuando, si el bolsillo lo permitía, ir a ese templo sagrado que es La Bombonera a alentar a los jugadores desde la tribuna, cantando entre esos miles y miles mientras mis ojos contemplaban ese espectáculo fascinante de las banderas y los papelitos danzando con el viento y observando la cara de felicidad de mi viejo, recordándome que de Boca se es para toda la vida. No hacía falta. Yo ya lo había comprendido y era consciente que esos colores estarían arraigados en mí por el resto de mi existencia. Esos son los instantes que permanecen atesorados en algún recoveco del alma y de vez en cuando a los muy pillos se les da por asomarse y hacer que los ojos se me empiecen a humedecer..
          A veces pienso, que de tantas cosas que crea el ser humano, tendría que inventar la máquina para detener el tiempo y yo, denlo por seguro, lo estancaría en aquellos años felices y en ese papel autografiado que se perdió en el transcurso de los años, como tantas otras cosas que ya no volverán.
        Hace mucho que mi viejo ya no está en este mundo por uno de esos putos caprichos del destino y a pesar de los años transcurridos, no puedo evitar que se me haga un nudo en la garganta cuando, en cada partido, escucho el aliento incondicional de la hinchada cantando “Ni la muerte nos va a separar”, porque entre ese mar de papelitos que danzan con el viento, me parece divisar su cara sonriente y descontaminada esfumándose en el cielo. Y la verdad que más allá de mi idolatría por el Mono tengo que reconocer que en todos estos años Boca ha tenido muy buenos arqueros, pero quizás porque me traicione la nostalgia o quizás porque coincidió con la etapa más feliz de mi vida, sigo afirmando que para mí el mejor de todos fue Navarro Montoya. Sí ya se lo que me diría mi viejo. “Vos porque no lo viste atajar al Tano Roma.”

Rodrigo Gaite
Escritor y periodista deportivo
Derechos Reservados


sábado, 11 de mayo de 2019

Confesiones en el bar


       —Mi recuerdo imborrable fue aquel encuentro con Messi — Señaló Quintino a la vez que intentaba restarle importancia a su frase.
      No era la primera vez que alguno de los parroquianos se salía con una anécdota, real o imaginaria, que dejaba al resto sumidos en la expectativa. Sin embargo todos sabían que Quintino, amigo fiel con el que compartieron tantas y tantas tardes de café, no era de exagerar ni inventar historias, pero también que su carrera futbolística se desarrolló sin pena ni gloria. Por eso ninguno esperaba esa confesión ni en ese momento ni en ese lugar. Y como nadie dijo nada continuó.
    —Cuando lo tuve de frente me amagó para adentro y se fue en velocidad, pero sabiendo que era la oportunidad de mi vida, corrí como nunca y lo alcancé — Terminó diciendo y se sumió en el silencio.
       —¿Y qué pasó? — Se exasperó Rulo ante el asombro general.
        Quintino se tomó su tiempo, midió las palabras y finalmente contestó.
        —Saqué el celular y nos tomamos una selfie.


Este cuento forma parte de la antología Deluxe 2019 "El vuelo de las plumas de oro" de
Tahiel Ediciones

sábado, 12 de enero de 2019

Por siempre cervecero

“Para mi viejo. Por las charlas compartidas”


    —Así que vos sos del interior. Yo también. De Tucumán e hincha de Atlético.
   Guido infló el pecho con orgullo y con la mirada cristalina comentó:
    —Ah, tenemos los mismos colores.
    —¿En serio? No me digas.
    El joven agarró el celular que estaba sobre la tapa de la caja de herramientas y le mostró a don Anselmo lo que usaba como fondo de pantalla. Era el escudo, con los colores celeste y blanco a rayas verticales, del club de su ciudad natal: Argentino de San Carlos Centro.
    —¿Y hace mucho que estás en Buenos Aires? — Le preguntó el hombre mayor, entrado en canas y expresión serena, mientras separaba el dinero para pagarle.
     —Me viene a los diecisiete, para una prueba en Huracán. En realidad “nos” vinimos, porque mi señora también es de allá y quiso acompañarme. En esa época éramos novios.
    —Ah, claro. Vos sos jugador de fútbol.
    —Sí, pero como el fútbol no me da para vivir, en los momentos que puedo hago estos trabajos de plomería y gas, como hacía allá con mi tío Rodolfo, antes de venirme a Buenos Aires.
    Siguieron dialogando un rato más sobre San Carlos y sobre Argentino, y Guido terminó de guardar las herramientas, que utilizó para colocar la nueva grifería en los artefactos del baño. Después de despedirse del dueño de casa, con un cordial apretón de mano, salió pensativo rumbo a la suya. Seguramente Paula ya habría llegado y como todas las tardes iban a tomar unos mates, distendidos y hablando de la rutina de ambos, en la mesa rectangular de la cocina. Así lo venían haciendo cada tarde desde que se establecieron en la capital y el primero que llegaba esperaba al otro con el mate listo. Salvo que el tiempo se los permitiera, esos momentos no era muy prolongado porque por lo general, los dos tenían que asistir a la cursada nocturna.
    En el trayecto Guido se quedó pensando en la charla que mantuvo con Anselmo. No eran muchas las ocasiones en que tenía la posibilidad de hablar sobre Argentino y cada vez que lo hacía se le erizaba la piel al recordar a su amado Cervecero. Ya que siempre que comentaba que era de Santa Fe, lo más lógico era que le preguntaran si era de Unión o de Colón.
    Guido Barzollini tenía tan sólo dos años cuando desde los hombros de su padre, fue parte de los festejos por el campeonato de la liga santafecina del 81. Desde entonces supo del significado del amor incondicional y de ese sentimiento indivisible que lo unía a él, a su familia y a sus amigos con la entidad que se hizo grande por el empuje de su gente. Una institución que creció en ese lugar del mundo tan particular llamado “San Carlos”, el que fundara en 1858 Carlos Beck Bernard en el partido de “Las Colonias”, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Santa Fe, cuando llegó con la sociedad Colonizadora Suiza Beck y Herzog para poblar esos parajes.
    Unos años antes de ese acontecimiento, Justo José de Urquiza salió victorioso en la Batalla de Caseros cuando derrotó a Juan Manuel de Rosas y tiempo después asumió como presidente de la Confederación Argentina. A partir de ahí otra etapa se iniciaba en el país y también para la inmigración. Claro que la visión Federal, del caudillo entrerriano, nos les causaba ninguna gracia al bando Unitario de Bartolomé Mitre y compañía. Por eso ambos se miraban con recelo, a tal punto que en 1859 se declararon la guerra dando inicio a la segunda Batalla de Cepeda.
    Así las cosas cuando, en plena presidencia de Urquiza, fueron arribando los expatriados europeos. En esos interminables viajes en barco, también llegaron los padres de los tatarabuelos de Guido y Paula, que quizás sin darse cuenta comenzaban a echar las raíces de una ciudad modelo. En ese arribo de extranjeros, con sus hábitos y sus creencias, se encontraban suizos, alemanes, franceses e italianos. Pero ya de entrada, entre ellos las cosas no anduvieron muy bien que digamos, ya que el idioma, la religión y las costumbres dificultaban la convivencia y fue por eso que al poco tiempo, la localidad se dividió en tres: Los franceses se agruparon en el norte, los alemanes y los suizos se quedaron en el sur y los italianos en el centro. Ustedes allá, nosotros acá y todos contentos.
    Fue justamente en el centro donde nacerían, entre otras, dos fábricas emblemáticas que son el orgullo de sus ciudadanos. La cristalería San Carlos y la única fábrica de campanas de todo Sudamérica: Campanas Bellini. Hay otras como Bisignano, Primo y Cía., Bessone y Lheritier que desde allí han exportado sus productos al resto del continente. Todo lo referente al pasado de la ciudad permanece atesorado en el Museo Histórico de la Colonia San Carlos; blanco y solemne por fuera, impregnado de objetos y recuerdos por dentro. En esa zona saturada de aire puro y cristalino, se entremezcla la cordialidad de la gente, que sigue manteniendo la esencia de ese pueblo que hoy cuenta con casi 12.000 habitantes. La atmósfera de esos parajes se encuentra perfumada por las fragancias de su bella vegetación y la frescura que emanan de las aguas del rio Coronda.
     Con el paso de los años, la ciudad fue creciendo y desarrollándose y en 1917, ya en los tiempos que Santa Fe se encontraba gobernada por Rodolfo Lehmann y el país bajo el mando de Hipólito Yrigoyen, el 12 de enero nacía el “Club Atlético Argentino”. Casi una década más tarde veía la luz “Central San Carlos”, el clásico rival. Pero esa es otra historia y en rojo y negro.
     Cuando llegaron a la Capital Federal, Guido y Paula alquilaron un sencillo, pero confortable mono ambiente en el barrio de Barracas y como la prueba en “El Globo” no funcionó, lejos de desanimarse y querer volverse, el joven futbolista empezó a golpear otras puertas. Hasta que un día comenzó su carrera como jugador en la Primera C, que le abrió paso en el fútbol de AFA. Durante la semana, cuando los entrenamientos se lo permitían, realizaba arreglos de plomería y gas. Así se fue haciendo conocido en el barrio y todos los trabajos los conseguía por el mejor sistema de propaganda para aquellos que trabajan en domicilios: El boca a boca. La gente lo llamaba y le tenía suma confianza. Siempre trabajó a conciencia. Siempre fue sincero, respetuoso y puntual, fue por eso que muchos de los que requerían sus servicios, generaban una cierta relación con él, no de amistad, pero casi.
    Su trayectoria futbolística en líneas generales fue regular. Tuvo altibajos, como todos, y buenos desempeños, pero nunca pudo salir de esa dura divisional. Jugaba por amor al fútbol, jamás hizo una diferencia económica y cuando le pagaban era a los premios. A veces la hinchada tenía poca paciencia y los muchachos de la barra se daban una vueltita por el vestuario. La dirigencia mucho no acompañaba y algunos entrenadores duraban menos de lo que canta un gallo. En fin. Se hacía lo que se podía. Pese a todo, nunca se arrepintió de haberse dedicado a jugar en el ascenso porque, por supuesto, todo tiene su lado positivo. La amistad, el compañerismo, el compromiso con los hinchas y la institución, el ponerse objetivos, el remar contra la corriente y superar obstáculos, fueron algunas de las tantas cosas que aprendió gracias a transitar las canchas semi peladas de la C, categoría dura y exigente si las hay.
    Sin embargo dentro suyo, Guido seguía manteniendo el sueño de vestir los colores de Argentino como los hicieron su abuelo, su padre y dos de sus tíos. Para él “El tino” era un sentimiento que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Por eso aquella vez cuando partieron en micro rumbo a Buenos Aires, con un bolso enorme con correa al hombro cada uno, él se juró volver para vestir la camiseta que más quería. Nada le hacía pensar por entonces que su carrera se desarrollaría de esa manera. Las temporadas se pasaron volando y la posibilidad de pegar la vuelta se alejaba en el tiempo y más que un deseo comenzaba a ser una utopía.
    Paula se sentía a gusto residiendo en la ciudad y lo apoyaba en todo, pero por supuesto su deseo era volver a vivir en San Carlos, una vez que Guido se retirara de la actividad. Extrañaba a rabiar a los suyos y a Melina y Lorena, sus dos mejores amigas y excompañeras del colegio, a pesar de que siempre estaban en contacto. Primero por carta y por teléfono y en el último lustro por la red social más famosa y por WhatsApp. Cada vez que iba de visita y con el correr de los días caía en la cuenta de que tenían que regresar a la Capital Federal, una sensación de tristeza y nostalgia se adueñaba de ella y de sus ojos almendras rodaban un par de lágrimas que surcaban la piel blanca de sus mejillas, cuando se abrazaba con su madre y sus hermanas en el momento de la despedida.
    Paula Romina Moretti la hija de Elena, la modista y José Antonio, el agrimensor asistió a la escuela de Enseñanza Media Nº 213, mientras que Guido Barzollini lo hizo en la Nº 365 “Domingo Faustino Sarmiento”. Un atardecer, cada uno con su grupo de amigos, se cruzaron en la Plaza San Martín, la principal del pueblo, y mirada va, palabra viene comenzaron a tratarse con más frecuencia hasta que un día, sin darse cuenta, se pusieron de novios.
    Ya en Buenos Aires, mientras él cursaba de noche en la sede de Ciudad Universitaria la carrera de Arquitectura, ella estudió para ser maestra jardinera, ya que los chicos eran su debilidad. Con el tiempo, cuando aumentaron considerablemente las expensas y por la misma plata podían aspirar a algo mejor, dejaron el mono ambiente de Barracas y se mudaron a un departamento, un poco más grande en Villa del Parque, cerca de donde ella comenzó haciendo unas suplencias en un jardín maternal.
    Salvo por una fea lesión en cancha de Laferrere, cuando un rival se lo llevó puesto con pelota y todo y estuvo unos cuantos meses parado, “El Tano” nunca tuvo lesiones de importancia. Por eso casi siempre estuvo presente en las formaciones de los equipos que le tocó integrar. Era un típico volante central, con un juego simple, entregando la pelota limpia y a ras del piso. Aparecía donde nadie lo esperaba y por su personalidad, más de una vez le tocó llevar la cinta de capitán. Tenía carisma y estampa de crack, la mirada serena y el físico de los que por años han asistido al gimnasio. Sacando lo de la lesión, la única vez que permaneció tanto tiempo fuera del equipo, fue cuando el tribunal de disciplinas le dio 6 fechas por la cabeza luego de la recordada batalla campal, en cancha de Talleres de Remedios de Escalada.
    En la C pasó por varios clubes, logró un par de ascensos que fueron de lo más emocionante que le tocó vivir y supo del cariño de la hinchada coreando su nombre. El tema era que el fútbol nunca le dio para llegar tranquilo a fin de mes, pero como buen sancarlino siempre miraba para adelante con esfuerzo y perseverancia. Por eso no se quedó pensando sólo en la pelota sino que se puso a estudiar en la facultad, como podía y cuando podía, pero dándole para adelante. Sin prisa, pero sin pausa y si bien no llegó a terminar la carrera, aprobó unas cuantas materias. Por supuesto, estaba al tanto de la campaña del Cervecero en la Liga Santafecina, leyendo por internet “El urbano”, “El litoral” o “La voz de San Carlos”.
    Ya sea para las fiestas o para Semana Santa siempre se hacían una escapada a su lugar en el mundo. Por lo general pasaban Navidad en el hogar de los Moretti y Fin de Año en el de los Barzollini. Casi siempre se quedaban hasta que él tenía que presentarse para la pretemporada. Años más tarde de la partida, cuando decidieron contraer matrimonio, luego de una larga convivencia, lo hicieron en la parroquia San Carlos Borromeo.
    Aquella noche de ensueño Paula llegó en un Minerva convertible sedan de 1931. Imponente, con la carrocería verde brillante y volante de madera a la derecha; cerramiento corredizo negro opaco y dos faroles enormes a los costados de la parrilla delantera. Todo de un cromado reluciente al igual que los paragolpes. Una belleza acorde al evento. Cuando descendió del vehículo, tomada del brazo de su padre, todas las estrellas del firmamento titilaron para ella. Llevaba puesto un sencillo y delicado vestido blanco con un ramo de Jacintos aromáticos entre las manos y una corona de margaritas de fantasía en la cabeza, rodeando su cabello rubio prolijamente recogido. Él la esperó imperturbable a los pies del altar junto a su madre Gladys, que vestía un elegante trajecito de raso. El pelo castaño y bien cortito, le brillaba por el gel y la piel de su cara lucía fragante. Era la primera vez en su vida que se ponía un smoking. Abajo llevaba una camisa blanca rematada con un simpático moño negro. Días después del inolvidable acontecimiento, confesó con gracia que si bien parecía tranquilo, por dentro estaba más nervioso que aquella vez que le tocó patear el penal definitorio por el segundo ascenso en cancha de Cambaceres.
    Fue una noche única que quedaría fijada en sus retinas y en la de todos los habitantes del pueblo. La fiesta, obviamente, fue en la sede del Club. No faltó absolutamente nadie. Fueron horas y horas de alegría y baile y hasta las nonas de ambos se prendieron en el carnaval carioca. Emborrachados de felicidad vivieron uno de los días más conmovedores de sus vidas. Hasta que después de una breve, pero sentida luna de miel en El Calafate, otro lugar de ensueño, volvieron a Buenos Aires y la vida, como no podía ser de otra manera, siguió su curso ajena al tiempo y la nostalgia.
    Antes de eso habían estado presenciando el Torneo de fútbol infantil “Argentinito de San Carlos”, una competencia para chicos de 7 a 12 años, de todas las provincias y Uruguay. Uno de los certámenes más serios y mejor organizados de los que existen en la República Argentina. A ellos las ganas de volverse a su tierra ya comenzaba a marcarlos de cerca y en octubre del 2011 cuando viajaron específicamente a ver el partido frente a Santa Fe FC, que significó un nuevo campeonato, pensaron en la posibilidad de regresar definitivamente. Aquella noche de lluvia, la ciudad se vistió de fiesta y las instalaciones del club fueron testigos de los festejos interminables.   
    Volvieron en junio, lógicamente, para ser parte del bicampeonato, la tarde que le ganaron a Newell’s por 2 a 0 y como Sanjustino cayó en su casa por 3 a 1 ante Santa Fe, Argentino pudo sumar su octava estrella. Fue una jornada imborrable, cargada de tensión y expectativa hasta que se desató el carnaval. El equipo estuvo diez partidos en forma consecutiva sin conocer el polvo agrio de la derrota y encima de eso tuvo la valla menos vencida.
    Esa vez se quedaron más de lo previsto y pasaron parte del invierno con amigos y parientes entre jugosas anécdotas y sabrosas comidas, disfrutando de la vida sencilla y descontaminada en una de las mejores instituciones del interior del país.
    No cualquiera puede darse el lujo de tener un complejo deportivo de ocho hectáreas con quinchos y parrillas, cuatro piletas de natación, una cancha de fútbol cinco, dos de paddle, cuatro de tenis y dos de hockey, todas iluminadas y por supuesto el estadio “12 de enero”, con la modesta tribuna lateral que late cada vez que “El Albiceleste” juega de local. También está el predio costero, un lugar encantador donde se realizan actividades de pescas y jornadas en contacto con la naturaleza y la histórica sede social, situada frente a la atractiva plaza San Martín. Allí funciona la secretaria, el departamento médico y están las canchas de bocha, el gimnasio cubierto donde se practica vóley y básquet y el “Argentino Resto – Bar”, un lugar cálido y ameno para degustar los mejores platos.
    Como si eso fuera poco, el club cuenta con la mutual, creada en octubre del 45, que brinda distintos servicios para la comunidad. Pavada de institución, como para que sus más de 10000 socios se sientan orgullosos cuando hablan de Argentino.
    Volvieron para el verano y el segundo fin de semana de enero, disfrutaron de la tradicional fiesta de la Cerveza que se organiza todos los años. Lo único que deseaban era que los relojes detuvieran su andar para que la magia no se acabara nunca. Fueron noches únicas donde la música y la alegría no se daban tregua y las luces destellan sobre la reina de la institución y los artistas que desde el escenario, hacían bailar a la gente. Por supuesto participaron del Súper Bingo, ese evento espectacular que sorteaba autos, motos y electrodomésticos.
    Por eso y por muchas cosas más la tarde siguiente de que Guido regresara a su casa, luego de haber estado charlando con don Anselmo y posterior al último entrenamiento semanal con el equipo eliminado del reducido, mientras ella le alcanzaba un mate en la cocina, Guido habló con la sinceridad que le trasmitían el corazón y la consciencia.
    —Ya está. Volvamos. Mi contrato vence dentro de poco y me quedo con el pase en mi poder. No me quiero retirar del fútbol sin antes haber cumplido lo que siempre anhelé.
    Era lo que Paula esperó escuchar durante tanto tiempo. Acomodó su pelo con ambas manos y se secó las lágrimas con el pañuelo que llevaba en el bolsillo del pantalón. Se abrazaron en el mutismo cómplice de la tarde sintiéndose más cerca que nunca. Permanecieron un buen rato en ese estado, de espaldas al reloj de pared, cuyas agujas marcaban las 19.05 y el anochecer ya se vislumbraba por las ventanas.
    La decisión estaba tomada y no iban a dar marcha atrás ni que a él lo llamaran del Ajax. Las semanas previas al regreso los consumía la ansiedad y durante ese periodo Guido se puso en contacto con los dirigentes de Argentino, para hacerles saber su deseo y comunicarles que tenía el pase en su poder.
    Algunos, unos pocos es cierto, dudaron. Argumentaban que estaba grande para formar parte del plantel, que estaba más cerca de ser manager o entrenador en las inferiores que para desempeñarse como volante central, pero si futbolísticamente respondía no iba a haber inconvenientes. Por supuesto que él, hombre de mil batallas en el mundo del ascenso, se tenía una confianza ciega.
    La tarde que salieron de la terminal se encontraban más ansiosos que en ocasiones anteriores, a pesar de que ya habían realizados muchos viajes como ese. Claro que las sensaciones en esos momentos eran otras, porque inconscientemente sabían que tenían que hacer el itinerario de regreso. Cosa que esta vez no.
    Las casi seis horas que duró el trayecto, dialogaron entre ellos y trataron de descansar un poco. El día anterior entregaron las llaves del departamento a la inmobiliaria porque ya habían despachado las cosas por un flete amigo de Guido que trabajaba en mantenimiento en el club. El hombre les hizo buen precio por transportar la cama matrimonial junto con unos pocos muebles, algunos electrodomésticos y otras pertenencias que fueron embaladas en cajas de cartón que pidieron en el supermercado chino de la avenida y como mascotas no tenían se despreocuparon de todo.
    —Te van a presentar a mitad de semana, después de la revisación médica. — Comentó ella, a la altura de Arroyo Seco, con la mirada perdida en los pastizales.
    —No veo la hora de empezar a entrenar— Expresó él con sinceridad y las manos tomadas por detrás de la nuca.
    Cuando el ómnibus comenzó a recorrer la ruta 6, los empezó a ganar el entusiasmo de saberse cerca, de sentir que cada vez faltaba menos. Cuando por fin descendieron del micro luego de 510 km y retiraron los bolsos, volvieron a sentir la misma sensación de cada vez que arribaban y contemplaban esos colores tan característicos, mientras el viento susurraba entre los árboles y percibían ese inconfundible aroma de la tierra donde se nace.
    Cuando llegaron estaban todos esperándolos y se fundieron entre abrazos con parientes y vecinos. Después se subieron al auto de Carlos, el hermano mayor de Guido y pasaron por debajo de ese gigante arco blanco, a modo de monumento, que unía una vereda con la otra, dejando en su interior la amplia calle asfaltada. Esa misma noche organizaron una cena de bienvenida en casa de los Barzollini. Cuando todos creían que en cuanto a emociones ya nada podía pasar, Paula sorprendió a propios y extraños dando la noticia de que estaba embarazada. Luego de las felicitaciones, los abrazos y los reiterados brindis por el futuro nuevo integrante de la familia, por la vuelta y por la ciudad, los recién llegados pudieron irse a dormir.
    El lunes Guido se puso a las órdenes del cuerpo técnico, que en tiempos de internet no tardaron en conocer su estilo. En el centro del impecable campo de juego los jugadores lo recibieron con aplausos y palmadas en la espalda haciéndolo sentir uno más del grupo. Bastaron un par de entrenamientos para que a nadie le quedara duda de que “El Tano” Barzollini seguía siendo ese cinco fino y exquisito que mostraba una energía tremenda a la hora de disputar cada pelota. Cómo no iba a transpirar la camiseta y jugarse entero por esos colores, si era lo que más deseó en este mundo desde que empezó a tener uso de razón
    El miércoles pasó la revisación y el técnico le comunicó que el sábado iba a estar entre los once titulares, para el debut en la primera fecha del Clausura por la liga santafecina. Sin embargo, recién el jueves en la sede social, fue presentado por la comisión directiva en pleno ante la expectativa de los presentes que se dieron cita y que ya se entusiasmaban con volver a festejar otro campeonato. Tanto fervor había que empezaron a cantar en el recinto revoleando las camisetas bajo las luces.
    “Señores yo dejo todo, me voy a ver al tino, porque los jugadores me van a demostrar que salen a ganar… Que quieren salir campeón... que lo llevan adentro...como lo llevo yo”.
    El día del debut amaneció con un cielo cristalino, mientras unas nubes blancas y diáfanas se iban acomodando entre los rayos de sol y el silencio de la naturaleza fue interrumpido por el canto de las aves que surcaban el aire. Ese mediodía cuando llegó al club e ingresó al vestuario con el resto del plantel, Guido sintió una rara impresión que nunca antes había experimentado. Claro, era la primera vez que entraba a ese sitio. Fue en ese preciso momento cuando comenzó a ponerse la camiseta celeste y blanca a bastones y fue sintiendo la textura de la tela sobre su piel, cuando comprendió lo que significa poder jugar en el club que uno ama y en el lugar en que se nace, donde uno echa raíces que son tan fuertes que es imposible intentar romper el lazo. Nada lo hacía más feliz que el hecho de saber que allí iba a nacer su primer hijo para continuar la descendencia sancarlina e iban a vivir todos juntos en uno de los mejores lugares que la naturaleza haya creado. En esa ciudad tan particular con sus atardeceres y sus aromas, con esas cosas que no se explican: se sienten, se llevan dentro de uno.
    Terminó de atarse los cordones de los botines naranjas y se acomodó la casaca adentro del pantalón negro, se subió las medias hasta las rodillas y estuvo listo para salir junto a sus compañeros. Cuando ingresó al campo de juego un escalofrío recorrió todo su ser, en tanto que en sus oídos resonaba el aliento de “La Celeste”, esa banda loca que está siempre, en las buenas y en las malas, agitando las banderas y cantando y saltando a más no poder.
    Mucho de lo que pasó a continuación lo vivió como si fuese un sueño, como imágenes dispersas de una película que cruzaban por su mente. Volvió en sí cuando escuchó el silbato del árbitro que dio comienzo al partido. Enseguida recibió un pase preciso del primer marcador central y paró la pelota con la suela de su botín, mientras escuchaba los primeros aplausos de la tarde. Después avanzó unos trancos y metió un pelotazo cruzado buscando a uno de los delanteros que entraba solo por la franja derecha. Lo hizo mientras el corazón se le rebalsaba de felicidad y sentía la tranquilidad de haber cumplido el sueño de su vida. El de vestir la camiseta que más amada y llevaba impregnada en la piel. La gloriosa albiceleste de Argentino de San Carlos



Este cuento pertenece al libro “Botines de papel”

Tahiel Ediciones abril 2017

viernes, 30 de noviembre de 2018

Por qué no entró



La Boca, octubre de 2001

     Martín tenía la ilusión de conocer a sus ídolos, a los jugadores de Boca. Ahora que era socio tenía acceso al entrenamiento, los vería de cerca y les pediría que le firmaran la camiseta. “¡Qué lástima que ya no está Palermo!” pensaba, mientras el colectivo 86 tomaba Paseo Colón para llegar al barrio de La Boca. Y así era nomás porque el goleador serial había armado sus valijas para irse al Villarreal de España. Los sueños, sueños son, pero a veces se hacen realidad.
         Cuando el colectivo cruzó la avenida Almirante Brown, Martín descendió y caminó por Wenceslao Villafañe bordeando las boleterías de Casa Amarilla, el complejo de entrenamiento del Club Atlético Boca Juniors; eran más de cincuenta ventanillas, así que recorrió más de una cuadra. Siempre le llamaron la atención esas veredas altas con tres y cuatros escalones. Mientras caminaba se puso un pulóver de lana por encima de la camiseta oficial que tanto esfuerzo le había costado comprarse. En el portón de ingreso le mostró el carné al personal de seguridad, esos tipos raros de pantalón oscuro, camisa blanca y cara de pocos amigos.
         Al entrenamiento solo tenían acceso los socios. Caminó unos metros y subió la escalera; cuando llegó a la parte superior se aferró unos segundos a la baranda. Allá, pasando el quincho y las piletas de natación, estaba la Bombonera en silencio. Al llegar a la tribuna de cemento pasó por detrás de un minúsculo grupo de periodistas. Hacía frío, el cielo estaba nublado y no se veían hinchas a la vista. Se acomodó cerca de la puerta del vestuario por donde saldrían los jugadores para el entrenamiento, un entrenamiento distinto porque Boca había quedado eliminado de la Copa Mercosur y, como estaba lejos de la punta en el torneo local, todas las expectativas estaban centradas en el partido frente al Bayern Munich por la Copa Intercontinental 2001 en Tokio, pero todavía faltaba bastante para ese partido.

El profe Santella, el preparador físico querido y respetado por el plantel, el hombre de gestos duros y divertidos a la vez, dispersó varios conos rojos sobre el césped. Lentamente comenzaron a salir los jugadores, todos con camperas azules y el andar cansino. Era una gris mañana de octubre.
Los coloridos conventillos que se habían levantado a principios del siglo XX y las cantinas de los inmigrantes convivían con edificios de hormigón. Mientras el viento llegaba desde el Riachuelo, el barrio entero parecía ajeno al entrenamiento del último campeón de América. Los jugadores formaron un semicírculo en la mitad de la cancha. Carlos Bianchi, el exitoso director técnico, con un grueso conjunto azul oscuro y carpeta en mano, gesticulaba paternalmente; algunos los escuchaban con los brazos cruzados sobre el pecho como quien escucha a un consejero; cuando terminó de hablar se alejó sonriente y se fue a sentar al banco de suplentes. 
El profe Santella hizo sonar su silbato, dijo unas palabras y el grupo entero comenzó a trotar lentamente; después arengó a la tropa y dispuso varios ejercicios de velocidad con y sin pelota. Gambetearon a los conos como si se tratara de rivales estáticos, hicieron series de abdominales y flexiones de brazos. Al finalizar la rutina elongaron durante varios minutos en un clima de distensión. En una de las áreas, la que daba al oscuro paredón del micro estadio de básquet, Carlos Ischia el otrora volante de Vélez, ahora ayudante de campo y el Toti Veglio, aquel delantero multicampeón con el Boca de Lorenzo, peloteaban de lo lindo al colombiano Córdoba y al Pato Abbondanzieri; los dos con pantalones largos volaban de palo a palo, se levantaban rápidamente y volvían a tapar un pelotazo a quemarropa. 
El reloj continuó su andar y así avanzó la mañana. El profe dio por finalizada la rutina, los jugadores tomaban agua mineral y se sacaban el barro de los botines.
Martín estaba a escasos metros de sus ídolos, los veía de carne y hueso, bromeando entre ellos como si no fuesen estrellas, como si no supiesen que todo el mundo los conoce.
El utilero repartió pecheras verdes y naranjas.
–¡Ustedes tienen uno más! –gritó Abbondanzieri volviendo a ponerse los guantes.
–¡Nooo! ¡Ustedes tienen uno menos! –bromeó el pelado Clemente Rodríguez.
A Martín le dio la sensación de que Bianchi lo estaba mirando. “Me habrá parecido”, pensó. Se lo notaba caviloso a Bianchi hablando con Santella; éste parecía estar de acuerdo con lo que el técnico decía. Los dos se acercaron al lugar donde estaba Martín, desde el césped el preparador físico dijo haciendo bocina con las manos:
–¡Pibe! Falta uno, ¿querés jugar?
Martín se rió por lo bajo, vio a Bianchi que lo miraba como esperando una respuesta.
–¿Me están hablando en serio? –preguntó totalmente sorprendido.
–Dale, vení que es un picadito para terminar el entrenamiento –retrucó Bianchi.
–No jodan, si yo…
Martín sintió un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo.
El Chipi Barijho se acercó intimidatoriamente.
–Eh, vo, che. Dale, bajá.
Carlitos Tévez, que había debutado el domingo frente a Talleres en Córdoba, lo encaró:
–Da boló ¿So de Boca o no so de Boca, vo?
Martín salió disparando, pasó por detrás de los periodistas que se miraban entre ellos anonadados.
En un abrir y cerrar de ojos llegó al vestuario, el utilero Capella con una pila de botines en los brazos– le preguntó:
–¿Cuánto calzás, pibe?
–Cua… cua… cuarenta.
–Tomá, estos te van a ir bien. Ponete este conjunto y dejá la ropa por ahí. 
Martín sabía que estaba soñando, se estaba cambiando en el mismo lugar que sus ídolos. Se ató los botines como pudo porque le temblaban las manos. Dejó en un rincón sobre un banco el pantalón, las zapatillas y la mochila, pero no se sacó la camiseta. Salió a juntarse con los demás y se puso una pechera verde. 
El Flaco Schiavi lo chicaneó:
–Che, vos, mucha pinta de jugador de fútbol no tenés.
Ni lerdo ni perezoso Córdoba tomó la posta:
–¡Ah! ¡Tú tienes una pinta de defensor bárbara!
Todos rieron, pero él no podía creer donde estaba. Sabía que por su físico podría ser confundido con algún pibe de la novena o de la octava, pero ni siquiera con alguno de la reserva y ahora estaba ahí, jugando con la primera.
El japonés Takahara lo miraba con una sonrisa ingenua en su rostro.
–Muchachos, tranquilos que esto es algo informal para relajarnos –dijo Santella y dio un par de aplausos.
El mellizo Guillermo Barros Schelotto hizo de las suyas y se la pasó a Martín, que intentó una gambeta y recibió un “bautismo” de Traverso.
–¡Lárgala antes, pibe, que este te atiende sin turno! –vociferó el otro colombiano, Chicho Serna.
Riquelme la amasó, la pisó y abrió el marcador: “Buena, Román”.
El riojano Walter Gaitán metió un pelotazo de cuarenta metros. Guillermo y Burdisso se disputaron el balón, se escuchaba la fricción de las camperas rompe viento en cada contacto.
Martín miró hacia la tribuna donde había estado sentado hacía apenas un rato. Los fotógrafos lo apuntaban con sus enormes lentes detrás de sus trípodes. Los pocos periodistas estaban de traje y corbata. Estaba viviendo un sueño.
–¡Mía! –gritó el Pato y se elevaba atenazando el esférico.
–¡Vamos que falta poco! –gritó Santella.
Un Bianchi estudioso observaba todo desde el círculo central. Martín quería despertarse, estaba jugando al lado de sus ídolos. Trataba de concentrarse para no pasar un papelón.
El Chelo Delgado tocó corto con Riquelme, éste amagó, disparó y la pelota fue rechazada por Burdisso. Martín sabía que el balón vendría hacia él, levantó la vista y lo vio a Córdoba agazapado. Amortiguó el balón con el pecho. Nunca supo por qué, pero le dio de lleno con todo el empeine derecho, de sobre pique con alma y vida, le dio a lo Boca. Tremendo. Sublime sablazo. La pelota dibujó una media esfera en el aire bajo el cielo que parecía una enorme carpeta de cemento alisado; el balón casi despintó el travesaño y se perdió en el playón de estacionamiento entre medio de dos lujosas camionetas.
Mientras Martín se lamentaba con las manos en la cintura un par de silbatos estridentes se expandieron en el aire. El preparador físico frotándose las manos como sacándose el frío dijo:
–Muchachos, mañana a las nueve. 
El grupo de jugadores se perdió murmurando por la puerta del vestuario. Los utileros recogieron los conos y las pelotas, mientras los periodistas comenzaban a desalojar la tribuna. Martín se dirigió con el grupo a ducharse y ponerse su ropa. Hizo dos, tres pasos y sintió una mano en el hombro, por instinto giró la cabeza. El hombre semicalvo, el mismo que se cansó de romper redes, el que ganó todo primero con Vélez y después con Boca, le dijo fraternalmente:
–Muy bien, pibe, ¿eh?
Martín no daba crédito a lo que estaba escuchando, sabía que estaba soñando, pero si total soñar no cuesta nada.
Entre la bruma del vestuario se bañó igual que el resto, se vistió ansiosamente, quiso decir algo pero no podía articular las palabras. Los jugadores lo despidieron como a un compañero más; ellos tenían para rato y después hablarían con la prensa. Bianchi y Santella lo saludaron y lo felicitaron. El utilero Capella miraba al director técnico como aquellos que se miran sabiendo de antemano lo que el otro va a decir.
–Tomá, pibe, llévate esta camiseta de recuerdo. Era de Martín –le dijo el utilero.
¡De Martín! No podía creer tener entre sus manos la casaca del goleador de Boca, que encima se llamaba como él. Se acordó de aquella mañana de festejos interminables en el Obelisco después de haber ganado la Copa Intercontinental frente al Real Madrid en Japón, con dos goles de Martín Palermo y se vio llorando de alegría. Eso había sido el año anterior y sin embargo era como si hubiese sucedido ayer.
Agradeció emocionado y salió del vestuario en un estado de ensoñación, tratando de repasar mentalmente lo vivido. El de seguridad le abrió el portón, pasó por las boleterías y corrió hasta la parada de Palos y Aristóbulo del Valle porque vio que venía el 86, González Catán por Laguna. Subió nerviosamente y después de sacar boleto se sentó por el medio en los asientos de una sola fila. Estaba tan cansado que los sonidos se distorsionan y los recuerdos se confunden. 
El colectivo saltó bruscamente y Martín se despertó de golpe de aquel agradable ensueño. Se había quedado dormido durante el viaje. Sonrió y se preguntó desde cuándo habría estado soñando. Todo era tan real, tan sentido que volvió a lamentarse: “¿Por qué no entró?”.
Algunos dicen que el sueño es una cuestión de segundos y se desarrolla en el subconsciente. Puede ser.
Unas gotas espesas comenzaron a resbalar por el parabrisas del colectivo. Cerró la ventanilla por la lluvia y porque tenía frío. “Qué lindo sería estar en un entrenamiento con los jugadores”, pensó.
Corrió el cierre de la mochila para sacar el pulóver, pero notó algo distinto en la textura de la prenda, cuando la extrajo la extendió con las dos manos. Era muy suave la tela de la camiseta azul, con la franja amarilla y el 9 en la espalda.

Del libro "Bajo la suela" de Editorial Dunken