domingo, 29 de marzo de 2015

Entrevista a Susi Cané

Cantar, por sobre todas las cosas

Aunque se crió en una familia de artistas comenzó a cantar a los 27 años. Formó un dúo junto a su ex marido Juan Carlos Dileo e integró “Las primeras mujeres mariachis”. Hizo publicidad y con el tango pasó por los escenarios más renombrados de Buenos Aires. Lleva la música en la piel y mientras participa en diversos eventos prepara su cuarto CD.

Por Rodrigo Gaite

Susi Cané y su amor por la música
   Viernes. 15.30 Avenida de Mayo y Rivadavia, pleno corazón de Ramos Mejía. Un hormiguero de gente camina bajo los primeros síntomas del otoño cuando Susi Cané desciende del tren. No muy lejos de esa concurrida esquina, ajena al gentío y durante casi dos horas, la cantante criada en Haedo, hablará de su vida arriba y abajo de los escenarios. Sus ojos claros por momentos se cristalizarán por los recuerdos y las imágenes que surgirán durante la charla. Algunas de esas evocaciones son muy recientes como la de su actuación en la 43° Fiesta del Ternero en Ayacucho. “Fue una hermosa experiencia. Hacía 26 años que no iba a un festival por diversas circunstancias y fue posible gracias a Mirta Casali con quien me encuentro trabajando desde hace unos meses”, cuenta. Mientras prepara algunos eventos más junto a Casali, también trabaja en lo que será su cuarto CD que verá la luz llegando a fin de año y el cual va a tener un par de tema de su autoría como el que está dedicado al cura Brochero. “El tema lo empecé a escribir en el tren cuando iba a grabar ‘Toda una vida te esperaré’. Iba tan sensible y tan feliz ya que me reencontraba con el bandoneonista Roberto Álvarez de la Orquesta Color Tango, al que hacía 22 años que no veía que me salió en ese momento”, comenta mientras el aroma del café comienza a invadir el aire del bar.
   Suele viajar mucho en tren ya que vive en Haedo donde creció y empezó a tener contacto con la música desde que tiene uso de razón. Claro en su familia todos eran artistas y por eso ella fue creciendo entre compases y actuaciones. “Desde los 4 o 5 años jugaba a la bailarina con mi hermana. Con un palo de escoba subía y bajaba las escaleras cantando. Imitaba a Estela Raval y a Violeta Rivas, que con los años me enteré que era prima de mis viejos. Nuestros juegos siempre eran de artistas porque uno iba a las peñas y a las reuniones familiares donde se armaba la guitarreada de tango y folclore. Parte de la familia de mi abuelo era de Chascomús y yo viajaba con ellos y disfrutaba de la guitarreada. Me sentaba en la mesa y comía empanadas. Mi madre tocaba el piano y hacía actuación, siempre vi música en todos lados. De chica iba a la iglesia los domingos y en la escuela en los actos adoraba cantar, pero era muy tímida y de a poquito lo fui superando. Recién a los 27 años empecé a estudiar canto. Mi infancia fue muy linda porque he tenido mucho cariño de mis abuelos, de mis tíos y de mis padres. Mi abuelo escuchaba tango a las 7 de la mañana antes de que yo me fuera al colegio y los miércoles por la noche veía “Grandes Valores del Tango”. Me fui criando con todo eso y jugando a ser artista. Ya de grande le decía a mi abuela. ‘Qué te parece este tango’, lo ponía y hacía todo el movimiento. Después tenía una tía que me decía: ‘Cantá Tita Merello” y ahí empecé con el “Pipistrela”, que al igual que “Garufa” y “Niño bien” son tres temas que al día de hoy no puedo dejar de cantar”, expresa.
    También por esos tiempos y paralelamente a sus clases de canto cuando empezaba a forjar su carrera, su cara angelical la llevó a meterse en el mundo de la publicidad. “Pedí una licencia sin goce de sueldo en Morón donde yo estaba. Me fui a capital a trabajar y un día conocí a Juan Carlos Colonnese, uno de los descubridores de Susana Giménez. Me dijo que necesitaba mi cara para hacer publicidad y yo no le creí. A los dos o tres meses me encuentro con un matrimonio que estaba trabajando en eso y me dicen. ‘Por qué no haces publicidad’. Le comenté lo que me había pasado y me dicen. ‘Vos estás loca. Te perdiste la oportunidad de tu vida’. Ahí lo llamé y ahí comencé hacer publicidades para televisión donde generalmente hacía de mamá. Hubo otras como “El lindo patitas” y “Revlon”. Realicé fotos con Beatriz Salomón y algunos desfiles, pero después dejé porque la publicidad me llevaba mucho tiempo y me quedé con el canto”, rememora. Además en la década del ochenta participó como extra en la telenovela “Mi nombre es Coraje” y fue seleccionada para trabajar con el inolvidable Mario Sapag, aunque después no quedó.

Causalidades de la vida

   Por una de esas tantas relaciones entre causa y efecto que tiene la vida, a la de ella llegó una persona fundamental para su carrera. Tito Cursio. “Mi abuela estaba descompuesta y llamamos al cardiólogo, le tomó la presión y le puso una pastillita debajo de la lengua. Conversando y esperando que mi abuela se compense sale el tema de que a mi me gustaba cantar y que no tenía un profesor de canto; que no sabía dónde empezar y dónde buscar. Entonces me dijo que él casualmente durante su luna de miel conoció al hijo de un gran guitarrista. Tito Cursio y me dijo: ‘Yo si querés te llevo’ y a la semana siguiente pasó y me llevó. Hablé con Cursio y empecé. Después conocí a una gente de una radio de Morón que estaba muy conectada con Machado Ramos y Patricia Vel y Patricia me recomendó al maestro Miró. Estudié repertorio con Tito Cursio y a la par que lo hacía con Miró. Ahí conocí a Juan Carlos Dileo que era cantante de tango. Una excelente persona que sería el padre de mi hija. Con él hicimos el dúo Cane – Dileo y estuvimos 19 años casados. Dileo ganó muchos concursos, era un cantorazo al nivel de Julio Sosa. Donde iba la rompía”, recuerda.
  Justamente con su esposo fue con quien realizó su primer trabajo discográfico “Tango…Es nuestra pasión” que en el 99 se convirtió en CD, pero antes, en 1996, había salido como cassette. Pero ese nombre es mucho más que el título de ese trabajo. “Tango…Es nuestra pasión es un show que tengo registrado. Hice varios espectáculos con artistas invitados y en su momento íbamos a Crónica TV los sábados y domingo cuando recién comenzaba”, revive.
  Casi tres años más tarde, pero sin la compañía musical de su marido, vio la luz “Homenaje” con temas de folclore y cinco tangos en italiano. “El día que me quieras”, “Alma, corazón y vida” y “El Arriero” fueron algunos de los que componen ese material en homenaje a sus abuelos. Años después fue el turno de “Nieblas del Riachuelo”, proyecto que realizó con músicos jóvenes recibidos del Sadem.

Café de Los Angelitos, plataforma de salida

   En 1986 después de actuar en varios clubes barriales, llegó el momento de subirse al escenario de un lugar emblemático de la geografía porteña. “El Café de Los Angelitos”. “Hasta ese momento trabajaba para la municipalidad de Morón donde había dos elencos. Nos mandaban a teatros, sociedades de fomento y clubes, pero lo fuerte fue cuando pisé capital. Esa noche compartí escenario con Luis Montiel y estaba muy nerviosa. Después estuve en “El Vesubio”, “Café Tortoni”, “La Cumparsita” y “El Viejo Almacén” entre otros además de varios Centros Culuturales. Ahí empecé a prepararme mucho más, no me relajé.” evoca y revive aquellas sabias palabras de su mentor: “Cuando empecé era ‘Susana Morales’, pero Miró me dijo: ‘Cambiate el apellido, porque los apellidos cortos son más fáciles de pronunciar y de recordar. Entonces qué hice. Fui a mi casa con toda mi ilusión y agarré un diccionario de apellidos y empecé a buscar y a tachar; tachaba y tachaba hasta que me quedé con el Cané.”
   Pero si bien en la emblemática esquina de Rincón y Rivadavia fue su primera gran actuación en la capital federal, cómo olvidar la primera vez que pisó un escenario. “Cursio me dijo: ‘Vamos a ir al Club Comunicaciones que va a estar Silvia Nieves’ para mi era la más grande y en esa época ya cantaba como los dioses. Fue un sábado a la tarde e hice tres temas “Charlemos”, “Si te parece todavía” y “Junto a tu corazón”. Ahí también estaba muy nerviosa, pero le tomé el gustito y después me llevaron a “El Farolito” en Colegiales donde iba a cantar los viernes a la noche”, repasa.
  Pero como todo gran maestro, Tito Cursio además de prepararla para cantar, la aconsejaba para la vida. “Me decía: ‘Vos tenés un nombre muy chiquito. A este nombre hay que hacerlo crecer. Para ser Susana Giménez o Mirtha Legrand, hay que trabajar mucho para eso. Nunca te la creas, nunca te sientes en el primer asiento. Si vas a un teatro no te sientes nunca en la primera fila. Sentate en la cuarta o en la quinta y dejá que alguien te diga vení sentate acá adelante y no que te digan acá hay otro mejor, porque te va a doler mucho’ y eso me sirvió para toda la vida”, confiesa.

Sumar, escuchar, aprender y aportar

  “Cuando me estaba por separar yo quería seguir estudiando y se me dio por la Psicología. Me interesa mucho el chico de la calle y en esa época ya daba clases de técnica vocal y canto en Avellaneda. En un estudio de grabación di 14 años. Quería hacer algo para unir al canto con gente de la calle, o con el que necesitaba o con el que no podía pagar y empecé hacer proyectos y los pude concretar. La municipalidad de Avellaneda me daba los títulos a fin de año para los alumnos y trabajé con centros de jubilados, en talleres literarios y tengo tres antologías. Empecé a estudiar en la Escuela de Pichon-Riviere y después terminé la carrera en Flores. Hoy tengo esa profesión y doy clases de canto en mi casa de Haedo, además de mi trabajo como gestora automotor y en la municipalidad de Ituzaingó. Para mi enseñar es hermoso. Ver que el alumno va creciendo y puede ir a cantar a algún lugar y me diga ‘Canté en un cumpleaños o me animé o estoy en tal festival'. Es como que me estén aplaudiendo arriba del escenario a mí. Es la misma gratificación. Yo creo que si algún día me pasara que tengo que dejar de cantar, la docencia no la dejaría porque la disfruto a la par del alumno. Tengo muchas gratificaciones”, manifiesta.
   Volviendo a su carrera sobre los escenarios, no todo fue tango y folclore durante su trayectoria. Alguna vez hizo algo diferente. “A Juan Carlos y a mi nos llamaron de la Casa del Tango para ser jurado de un concurso y al poco tiempo Municipalidad de Avellaneda organizó otro. Conocí a una alumna que después quedó afuera y me comenta que quería conversar conmigo porque ella cantaba mariachi. Ella participó cantando tango pero le gustaba mariachi. Me citó a su casa de Wilde y nos hicimos muy amigas. Formamos “Las primeras mujeres mariachis” y empezamos a cantar en los colegios en los actos escolares. Teníamos tres músicos, en Once compramos las telas y ella hizo los vestidos. Le pusimos las lentejuelas, compramos los sombreros y salimos. Empezamos a trabajar y no parábamos nunca. Estuvimos como 5 o 6 años y anduvimos muy bien en la zona sur”, recuerda.
    Y como para que su CV se completo también hizo radio en FM 98.8, “Era un programa muy lindo que se llamaba ‘Emociones y voces’. Lo hacíamos con una psicóloga e iba los miércoles por la noche. A mi me encanta la locución y si bien hice un curso, quiero estudiar la carrera”, revela. Otras de las cosas que tiene pendiente es salir de gira, ya que en su momento cuando tuvo la posibilidad de ira a España y Australia no lo pudo hacer ya que sus hijos eran muy chicos.

Cantar, aunque sea bajo la ducha

   Pero no todo fue color de rosa en la vida artística de Cané, alguna vez estuvo parada, pero eso no implicó que tuviera que abandonar lo que más ama. “Mi hija tendría ocho, diez años y de pronto si no estaba en ningún lugar, me iba los domingos a Caminito con ella. Nos abrigábamos porque generalmente era en invierno y me reunía con gente que cantaba allí y ya me conocían. Iba, cantaba dos o tres temas, disfrutaba el momento y me volvía”, señala. Algo similar le sucedió durante los ocho meses que estuvo enyesada cuando se fracturó el pie. Desde la cama se dedicó a conectarse con sus pares y a subir fotos y videos por Facebook, siempre proyectando la vuelta a los escenarios. Así y todo, con muletas viajó en avión a Córdoba a cantar.
   Cané sabe lo que es pasar momentos difíciles y por eso cuando hace Pipistrela siente que la letra se le pega a la piel “En una época, por circunstancias de la vida, tuve que trabajar de noche vendiendo verduras en el mercado Abasto de Avellaneda mientras daba clases de canto. Era una tarea muy dura y por eso digo que a letra la viví desde adentro”, dice sonriendo. Lo mismo le pasa cuando interpreta “Padre Nuestro” y “Afiche”, que están disponibles en YouTube. “Son parte de mi vida, son dos canciones que siento y gozo mucho. Siento que atraigo a la gente cuando las hago y a muchos los vi llorar mientras yo cantaba”, dice.
  Es que cuando canta lo hace con la voz, pero también con el cuerpo y el alma, poniendo lo mejor de ella en cada actuación. “Yo cuando hice todo esto de empezar a cantar, que no sabía que iban a pasar 28 años, lo hice por mis hijos. Quise dejarles a ellos mi voz. El día que yo no esté mis hijos me van a poder escuchar. No importa si mamá canta bien, mal o regular, pero que les quede ese recuerdo mío y por eso sigo”, admite Mirta Susana Amalfi con los ojos humedecidos, que por mucho tiempo más nos seguirá deleitando con su voz.



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