viernes, 30 de noviembre de 2018

Por qué no entró



La Boca, octubre de 2001

     Martín tenía la ilusión de conocer a sus ídolos, a los jugadores de Boca. Ahora que era socio tenía acceso al entrenamiento, los vería de cerca y les pediría que le firmaran la camiseta. “¡Qué lástima que ya no está Palermo!” pensaba, mientras el colectivo 86 tomaba Paseo Colón para llegar al barrio de La Boca. Y así era nomás porque el goleador serial había armado sus valijas para irse al Villarreal de España. Los sueños, sueños son, pero a veces se hacen realidad.
         Cuando el colectivo cruzó la avenida Almirante Brown, Martín descendió y caminó por Wenceslao Villafañe bordeando las boleterías de Casa Amarilla, el complejo de entrenamiento del Club Atlético Boca Juniors; eran más de cincuenta ventanillas, así que recorrió más de una cuadra. Siempre le llamaron la atención esas veredas altas con tres y cuatros escalones. Mientras caminaba se puso un pulóver de lana por encima de la camiseta oficial que tanto esfuerzo le había costado comprarse. En el portón de ingreso le mostró el carné al personal de seguridad, esos tipos raros de pantalón oscuro, camisa blanca y cara de pocos amigos.
         Al entrenamiento solo tenían acceso los socios. Caminó unos metros y subió la escalera; cuando llegó a la parte superior se aferró unos segundos a la baranda. Allá, pasando el quincho y las piletas de natación, estaba la Bombonera en silencio. Al llegar a la tribuna de cemento pasó por detrás de un minúsculo grupo de periodistas. Hacía frío, el cielo estaba nublado y no se veían hinchas a la vista. Se acomodó cerca de la puerta del vestuario por donde saldrían los jugadores para el entrenamiento, un entrenamiento distinto porque Boca había quedado eliminado de la Copa Mercosur y, como estaba lejos de la punta en el torneo local, todas las expectativas estaban centradas en el partido frente al Bayern Munich por la Copa Intercontinental 2001 en Tokio, pero todavía faltaba bastante para ese partido.

El profe Santella, el preparador físico querido y respetado por el plantel, el hombre de gestos duros y divertidos a la vez, dispersó varios conos rojos sobre el césped. Lentamente comenzaron a salir los jugadores, todos con camperas azules y el andar cansino. Era una gris mañana de octubre.
Los coloridos conventillos que se habían levantado a principios del siglo XX y las cantinas de los inmigrantes convivían con edificios de hormigón. Mientras el viento llegaba desde el Riachuelo, el barrio entero parecía ajeno al entrenamiento del último campeón de América. Los jugadores formaron un semicírculo en la mitad de la cancha. Carlos Bianchi, el exitoso director técnico, con un grueso conjunto azul oscuro y carpeta en mano, gesticulaba paternalmente; algunos los escuchaban con los brazos cruzados sobre el pecho como quien escucha a un consejero; cuando terminó de hablar se alejó sonriente y se fue a sentar al banco de suplentes. 
El profe Santella hizo sonar su silbato, dijo unas palabras y el grupo entero comenzó a trotar lentamente; después arengó a la tropa y dispuso varios ejercicios de velocidad con y sin pelota. Gambetearon a los conos como si se tratara de rivales estáticos, hicieron series de abdominales y flexiones de brazos. Al finalizar la rutina elongaron durante varios minutos en un clima de distensión. En una de las áreas, la que daba al oscuro paredón del micro estadio de básquet, Carlos Ischia el otrora volante de Vélez, ahora ayudante de campo y el Toti Veglio, aquel delantero multicampeón con el Boca de Lorenzo, peloteaban de lo lindo al colombiano Córdoba y al Pato Abbondanzieri; los dos con pantalones largos volaban de palo a palo, se levantaban rápidamente y volvían a tapar un pelotazo a quemarropa. 
El reloj continuó su andar y así avanzó la mañana. El profe dio por finalizada la rutina, los jugadores tomaban agua mineral y se sacaban el barro de los botines.
Martín estaba a escasos metros de sus ídolos, los veía de carne y hueso, bromeando entre ellos como si no fuesen estrellas, como si no supiesen que todo el mundo los conoce.
El utilero repartió pecheras verdes y naranjas.
–¡Ustedes tienen uno más! –gritó Abbondanzieri volviendo a ponerse los guantes.
–¡Nooo! ¡Ustedes tienen uno menos! –bromeó el pelado Clemente Rodríguez.
A Martín le dio la sensación de que Bianchi lo estaba mirando. “Me habrá parecido”, pensó. Se lo notaba caviloso a Bianchi hablando con Santella; éste parecía estar de acuerdo con lo que el técnico decía. Los dos se acercaron al lugar donde estaba Martín, desde el césped el preparador físico dijo haciendo bocina con las manos:
–¡Pibe! Falta uno, ¿querés jugar?
Martín se rió por lo bajo, vio a Bianchi que lo miraba como esperando una respuesta.
–¿Me están hablando en serio? –preguntó totalmente sorprendido.
–Dale, vení que es un picadito para terminar el entrenamiento –retrucó Bianchi.
–No jodan, si yo…
Martín sintió un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo.
El Chipi Barijho se acercó intimidatoriamente.
–Eh, vo, che. Dale, bajá.
Carlitos Tévez, que había debutado el domingo frente a Talleres en Córdoba, lo encaró:
–Da boló ¿So de Boca o no so de Boca, vo?
Martín salió disparando, pasó por detrás de los periodistas que se miraban entre ellos anonadados.
En un abrir y cerrar de ojos llegó al vestuario, el utilero Capella con una pila de botines en los brazos– le preguntó:
–¿Cuánto calzás, pibe?
–Cua… cua… cuarenta.
–Tomá, estos te van a ir bien. Ponete este conjunto y dejá la ropa por ahí. 
Martín sabía que estaba soñando, se estaba cambiando en el mismo lugar que sus ídolos. Se ató los botines como pudo porque le temblaban las manos. Dejó en un rincón sobre un banco el pantalón, las zapatillas y la mochila, pero no se sacó la camiseta. Salió a juntarse con los demás y se puso una pechera verde. 
El Flaco Schiavi lo chicaneó:
–Che, vos, mucha pinta de jugador de fútbol no tenés.
Ni lerdo ni perezoso Córdoba tomó la posta:
–¡Ah! ¡Tú tienes una pinta de defensor bárbara!
Todos rieron, pero él no podía creer donde estaba. Sabía que por su físico podría ser confundido con algún pibe de la novena o de la octava, pero ni siquiera con alguno de la reserva y ahora estaba ahí, jugando con la primera.
El japonés Takahara lo miraba con una sonrisa ingenua en su rostro.
–Muchachos, tranquilos que esto es algo informal para relajarnos –dijo Santella y dio un par de aplausos.
El mellizo Guillermo Barros Schelotto hizo de las suyas y se la pasó a Martín, que intentó una gambeta y recibió un “bautismo” de Traverso.
–¡Lárgala antes, pibe, que este te atiende sin turno! –vociferó el otro colombiano, Chicho Serna.
Riquelme la amasó, la pisó y abrió el marcador: “Buena, Román”.
El riojano Walter Gaitán metió un pelotazo de cuarenta metros. Guillermo y Burdisso se disputaron el balón, se escuchaba la fricción de las camperas rompe viento en cada contacto.
Martín miró hacia la tribuna donde había estado sentado hacía apenas un rato. Los fotógrafos lo apuntaban con sus enormes lentes detrás de sus trípodes. Los pocos periodistas estaban de traje y corbata. Estaba viviendo un sueño.
–¡Mía! –gritó el Pato y se elevaba atenazando el esférico.
–¡Vamos que falta poco! –gritó Santella.
Un Bianchi estudioso observaba todo desde el círculo central. Martín quería despertarse, estaba jugando al lado de sus ídolos. Trataba de concentrarse para no pasar un papelón.
El Chelo Delgado tocó corto con Riquelme, éste amagó, disparó y la pelota fue rechazada por Burdisso. Martín sabía que el balón vendría hacia él, levantó la vista y lo vio a Córdoba agazapado. Amortiguó el balón con el pecho. Nunca supo por qué, pero le dio de lleno con todo el empeine derecho, de sobre pique con alma y vida, le dio a lo Boca. Tremendo. Sublime sablazo. La pelota dibujó una media esfera en el aire bajo el cielo que parecía una enorme carpeta de cemento alisado; el balón casi despintó el travesaño y se perdió en el playón de estacionamiento entre medio de dos lujosas camionetas.
Mientras Martín se lamentaba con las manos en la cintura un par de silbatos estridentes se expandieron en el aire. El preparador físico frotándose las manos como sacándose el frío dijo:
–Muchachos, mañana a las nueve. 
El grupo de jugadores se perdió murmurando por la puerta del vestuario. Los utileros recogieron los conos y las pelotas, mientras los periodistas comenzaban a desalojar la tribuna. Martín se dirigió con el grupo a ducharse y ponerse su ropa. Hizo dos, tres pasos y sintió una mano en el hombro, por instinto giró la cabeza. El hombre semicalvo, el mismo que se cansó de romper redes, el que ganó todo primero con Vélez y después con Boca, le dijo fraternalmente:
–Muy bien, pibe, ¿eh?
Martín no daba crédito a lo que estaba escuchando, sabía que estaba soñando, pero si total soñar no cuesta nada.
Entre la bruma del vestuario se bañó igual que el resto, se vistió ansiosamente, quiso decir algo pero no podía articular las palabras. Los jugadores lo despidieron como a un compañero más; ellos tenían para rato y después hablarían con la prensa. Bianchi y Santella lo saludaron y lo felicitaron. El utilero Capella miraba al director técnico como aquellos que se miran sabiendo de antemano lo que el otro va a decir.
–Tomá, pibe, llévate esta camiseta de recuerdo. Era de Martín –le dijo el utilero.
¡De Martín! No podía creer tener entre sus manos la casaca del goleador de Boca, que encima se llamaba como él. Se acordó de aquella mañana de festejos interminables en el Obelisco después de haber ganado la Copa Intercontinental frente al Real Madrid en Japón, con dos goles de Martín Palermo y se vio llorando de alegría. Eso había sido el año anterior y sin embargo era como si hubiese sucedido ayer.
Agradeció emocionado y salió del vestuario en un estado de ensoñación, tratando de repasar mentalmente lo vivido. El de seguridad le abrió el portón, pasó por las boleterías y corrió hasta la parada de Palos y Aristóbulo del Valle porque vio que venía el 86, González Catán por Laguna. Subió nerviosamente y después de sacar boleto se sentó por el medio en los asientos de una sola fila. Estaba tan cansado que los sonidos se distorsionan y los recuerdos se confunden. 
El colectivo saltó bruscamente y Martín se despertó de golpe de aquel agradable ensueño. Se había quedado dormido durante el viaje. Sonrió y se preguntó desde cuándo habría estado soñando. Todo era tan real, tan sentido que volvió a lamentarse: “¿Por qué no entró?”.
Algunos dicen que el sueño es una cuestión de segundos y se desarrolla en el subconsciente. Puede ser.
Unas gotas espesas comenzaron a resbalar por el parabrisas del colectivo. Cerró la ventanilla por la lluvia y porque tenía frío. “Qué lindo sería estar en un entrenamiento con los jugadores”, pensó.
Corrió el cierre de la mochila para sacar el pulóver, pero notó algo distinto en la textura de la prenda, cuando la extrajo la extendió con las dos manos. Era muy suave la tela de la camiseta azul, con la franja amarilla y el 9 en la espalda.

Del libro "Bajo la suela" de Editorial Dunken